La Universidad: transparente objeto de deseo

Pedro José Bravo Martínez
En los primeros meses de 1976, allá en la facultad de Ingeniería de la UNAM, se gestó un movimiento estudiantil muy particular por el tipo de demandas exigidas. Les menciono algunas, no precisamente en orden de importancia y dando voto de confianza a la memoria: no seriación de las materias; cursos regulatorios; renovación de la enseñanza; renovación de los programas; sustancial mejora en la infraestructura, principalmente en laboratorios y bibliotecas; becas a alumnos trabajadores, y una, la única que no concedieron, porque las demás sí, fue la exigencia de permanecer en grupo en el paso de uno a otro semestre; aunque el núcleo aglutinador del movimiento fue la no seriación.

La no seriación de las materias fue una demanda de suma importancia. En aquel entonces, la facultad de ingeniería padecía día y noche, en aulas y demás instalaciones, un horrible fantasma de dos cabezas que acongojaba y hacía sufrir a todos los alumnos. Ese fantasma se llamaba no acreditar alguna de las materias, cualquiera que fuese, ya que significa alargar la estadía en la Universidad, concretamente en ese infierno que se llamaba Ingeniería y en la que teníamos que olvidar fiestas, amigos, novias, en pocas palabras una vida monacal, fundamentalmente si estábamos en el Anexo, donde se alojaba el tronco común. Había que invertir todo el tiempo. Para algunos como yo, era nuestra obligación pues prácticamente teníamos resuelto toda la infraestructura y gastos para cumplir, pero para otros se tornaba muy difícil por su condición económica; trabajaban mal pagados, mal comían, además muchos de ellos llegaban de provincia cargando a cuestas una desigualdad, a veces gigante, en su formación preparatoria, de bachiller, con un mínimo capital cultural.

A este caldo de cultivo se le unió por supuesto, aquellos que aunque tenían las condiciones para un buen rendimiento, debían un sin fin de materias. Así, estalló la huelga que duró varios meses. ¡Increíble, ingeniería en huelga! rezaba una manta en la facultad de Economía, pues efectivamente después del 68 la facultad de Ingeniería fue un bastión de la reacción plagada de porros a los que por cierto, la comunidad logró expulsar unos meses antes de esto que les platico.
Prosigamos. Además, la seriación, era un filtro implacable que significó el abandono escolar de muchos alumnos, la eficiencia terminal era muy baja. A la matrícula de Ingeniería la presionaban dos fenómenos, uno de expulsión, con el rígido sistema de seriación y otro de impulsión que se generaba en la frustración de la acreditación y métodos de enseñanza anquilosados.

En la negociación con las autoridades, meses después, logramos que la seriación fuese sólo indicativa bajo un sistema de créditos. Esto permitió desahogar la tira de materias de muchos compañeros, pues bajo el nuevo régimen, algunas materias podían cursarse sin tener necesariamente que tener acreditada la anterior, pues sólo era requerido parte del programa de la materia –experiencia educativa- previa y no necesariamente su totalidad.

Aunado a este problema de la seriación, nos enfrentamos a dar solución al contraste en la formación del bachillerato, como ya mencioné, que se daba fundamentalmente con compañeros venidos de provincia, para lo cual exigimos cursos regulatorios que se implementaron en el siguiente periodo intersemestral; un éxito en cuanto a asistencia y formas didácticas empleadas.

Fue una sorpresa ver que las autoridades pusieron el interés necesario para que los cursos se efectuaran, en cuanto a salones e infraestructura administrativa para su organización, pero sobre todo cabe destacar el empeño de muchos maestros que se sumaron a este innovador proceso y entre los que recuerdo a Francisco Sánchez Sesma (quien muchos años después fuese director del Instituto de Ingeniería y Premio Nacional de Ciencias), Agustín Tristán (actualmente en la Universidad de Aguascalientes), Alfonso Sámano y el maestro Lino (quienes, según noticias, han impulsado algunos centros de tecnologías solar) y otros más.

En el transcurso del desarrollo del movimiento, incluso ya en plena negociación con las autoridades hubo discusiones intermedias de aspectos muy importantes que no pudimos plasmar en demandas concretas, nos faltaban recursos teóricos para identificar, sintetizar, proponer. Es de considerar que éramos jóvenes en construcción y que estaban por definirse en nosotros muchos aspectos de nuestro ser, prácticamente contábamos casi exclusivamente con nuestra intuición. No obstante, o más bien precisamente por eso, recurrimos a lecturas que nos llevaron incluso, a entrevistarnos con gente como Iván Ilich, pedagogo que entre su obra destaca el texto “La escuela ha muerto”.

Uno de estos aspectos era la mecanización en la enseñanza. Por ejemplo, nos dejaban como tareas a resolver de un día para otro, y no les miento, mil derivadas y mil integrales. Los resultados eran aterradores aunque cumplieras cabalmente las tareas, pues a la hora de los exámenes departamentales bastaba que la pregunta se formulase de otra forma que en los parciales, aunque fuese la misma con la que habíamos “aprendido” para que hubiese un tronadero peor que el 3 de mayo. Es decir, por un lado métodos totalmente arcaicos en la enseñanza y por otro la presión que ejercían los departamentales que no consideraban el ritmo y maneras impuestas por la libertad de cátedra, aunque ciertamente, muchas de las veces no se completaba el programa de la materia. Por tanto, el proceso de aprendizaje era sumamente ineficiente pues no quedaba lugar para la actitud heurística, tan importante para los ingenieros, o investigar, formar grupos de estudio, debatir.

Junto a esta crítica hubo otra reflexión más que atrajo mi atención. Al interior de la facultad se movían a través del cuerpo académico, entidades de la industria y del gobierno que se expresaban como grupos políticos, incluso fuera de la Universidad. Me refiero a la IBM, ICA, CGN e instituciones como CFE o PEMEX y de personajes que, según el momento político, apadrinaban generaciones. Quintana, Alanís, De la Serna, Rovirosa, que entre otros apellidos, se esgrimían como tarjeta de presentación. Y no es que la Universidad deba ser “pura” y mantenerse en los márgenes del vaivén social o que no se haga política, pienso que por el contrario. No obstante, hay de inclusiones a inclusiones, depende de la forma, la cual a su vez es contenido, según alguien por ahí.

En el contexto de aquel entonces, México libraba una batalla intestina, estábamos en uno de los momentos álgidos de la llamada “guerra sucia” y también, de resabios muy fuertes de la guerra fría -la historia se repite. Los argumentos del papel a jugar por la universidad eran radicales y se confrontaban marxistas, maoistas, troskistas, leninistas, estalinistas, liberales, materialistas y metafísicos, bueno, hasta kimilsungnistas. Lo cual era demasiado para aquellos momentos en la facultad y la discusión no prosperó.

Eran tiempos que la juventud escuchaba a los Door’s, Rolling Stones, Zapa, Hendrix, Joplin y se divertía en toquines de los Dug´s Dug’s, Factory, Tree Soul, La Revolución Emiliano Zapata, etc., pero en la facultad los preferidos eran José Alfredo, Javier Solís, Los Panchos, Alberto Vázquez, César Costa, en fin. Concluimos que Ingeniería, nuestra facultad, se insertaba en una corriente política machista lenonista pensamiento Cuco Sánchez que le impedía arribar a discusiones de mayor envergadura como analizar el papel de la ingeniería.

No obstante y como respuesta, meses después de que la huelga se levantase, organizamos la semana de información política a la que invitamos a todos los partidos políticos, incluyendo PRI, PAN, PPS, PARM, también al PRT, PMT, PCM, ilegales en aquel entonces; homenajeamos y juntamos fondos a la resistencia chilena entregados en emotivo acto en el auditorio; Eduardo Valle, el Búho, dictó una conferencia sobre Puerto Rico; llevamos a Amparo Ochoa, Gabino Palomares, y al grupo de La Nopalera con Cecilia Toussaint y Maru Enríquez.

Unos meses después en el 77, el preclaro secretario de gobernación Federico Reyes Heroles declaraba en su famoso discurso de Chilpancingo la necesidad de una reforma política ¡Que tiempos Don Simón!

Todo esto mencionado, porque considero que la Universidad Veracruzana inició un proceso de transformación radical en abril de 1999 en el preciso sentido de satisfacer claramente y más, las demandas sostenidas una veintena de años atrás en la Facultad de Ingeniería de la UNAM, al presentar el documento Nuevo Modelo Educativo para la Universidad Veracruzana, elaborado por Jenny Beltrán Casanova (coordinadora del proyecto), Leticia Yolanda Bravo Reyes, Jaime Fisher Salazar, Laura Gonzáles Oliveros, Silvia Jiménez García, Edith del Socorro López Hernández, José Luis Martínez Aguilar, Xóchitl Martínez Ramírez, Graciela Miguel Aco, Margarito Páez Rodríguez, Noralia Ramírez Chávez, Melesio Rodríguez Méndez, Romeo Ruiz Bello, Héctor Sáiz Guerra, José Luis Suárez Domínguez, Caritina Téllez Silva, Clara Elena Yerena Aguilar, María de Lourdes Zamora Cabrera y Monserrat Zúñiga Zárate.

El documento establece que el MEIF (Modelo Educativo Integral y Flexible), sucintamente dicho, apunta hacia “una formación integral de los estudiantes, que no comprenda únicamente la enseñanza y el aprendizaje de saberes científicos, tecnológicos y la aplicación de éstos, sino una educación interdisciplinaria, humanística, que trascienda a la sociedad, e implique una preparación para la vida… incorporando a lo largo del currículum los saberes teórico, heurístico y axiológico que permitan al estudiante reconocer las formas de construcción del conocimiento, el desarrollo de estrategias para la búsqueda de soluciones innovadoras y la formación en los estudiantes de valores profesionales, humanos y sociales… en una estructura curricular electiva y flexible; en que cada alumno tiene la oportunidad de seleccionar su carga académica, de acuerdo con su interés y disponibilidad de tiempo para cursar la carrera” apoyado en un sistema de tutorías que le permita determinar cursos, seminarios y actividades escolares.

La transformación planteada en este documento, hasta hoy, ha implicado para la comunidad universitaria una renovación de su acción pedagógica y del conjunto de contenidos, es decir “de todo el proceso de planificación de la práctica educativa: desde el diseño del plan de estudios de cada carrera, hasta la concreción del trabajo cotidiano en el aula”.

A pesar de la precariedad de infraestructura y la resistencia que se presenta en la implantación de cualquier nuevo sistema, el MEIF ha avanzado hasta cubrir casi la totalidad de la matrícula de la UV, según consta en el documento Elementos sobre la Universidad Veracruzana.

¿Cuáles son sus éxitos y cuales sus problemas, obstáculos, soluciones, horizontes? La UV es responsabilidad de todos, en eso radica la fortaleza de su autonomía.

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