Atila en el Templo de San josé

Samuel Pérez García
Universidad Pedagógica Nacional


Cuando se empezó a construir en las primeras décadas del siglo XX, la feligresía de Coatzacoalcos que contribuyó con su economía, esfuerzo y buena voluntad, se ha de haber sentido feliz de contar con una casa religiosa como el templo de San José. No podía imaginarse esta misma feligresía, que muchas décadas después, en el 2009, ese esfuerzo, ese dinero, esa bienquerencia, sería echado a la basura con el argumento de que la iglesia que a ellos en su oportunidad les dio cabida, ahora se destruya por no estar a la altura de la “modernidad”, por afear al templo “moderno” que se construye al lado, por no ser histórico ni artístico.

Con respecto de si cabe o no la destrucción del templo de San José, los argumentos que se esgrimen vienen de dos lados: por una parte, la Asociación Historiográfica de la ciudad argumenta que el templo es un monumento histórico y artístico, por lo cual debe ser conservado tal cual todavía está. La jerarquía católica y quienes los respaldan argumentan que esa construcción ni es artística ni es histórica. Entre ambos está el conflicto: uno por conservar, otro por destruir. Suerte de oposición tiene el pueblo fiel, católico, de Coatzacoalcos, que de histórico y artístico es algo que a lo mejor no entiende. Pero por eso, es necesario aclarárselos para darle a cada uno la razón o la sinrazón. Pero sobre todo, porque el diablo dirige la mano que destruye hoy el templo que tanto esfuerzo y dinero costó al edificarse.

Dicen —supongo que lo dicen— que el templo no es histórico porque no ha servido para firmar ningún acuerdo de paz, como sí lo fue el Castillo de Chapultepec, o porque también ahí vivió el emperador Maximiliano de Habsburgo. Pobre templo de San José, que ni siquiera un presidente municipal ramplón, de esos que tanto abundaron en la década de los cincuenta y sesenta, pensaron en traer a un político picudo o a algún rey de España para que por obra de esa visita y uno que otro rezo ex profeso, el templo pasara por el tamiz de la historia. Es una lástima que en las visitas que los papas han hecho a México, no se hayan acordado de visitar al templo de San José para celebrar una misa, de tal modo que ésta sirviera de pretexto para evitar su destrucción a que los Atila de Dios lo han condenado.

Tampoco es artístico, dicen otros. Para que lo fuera, un arquitecto de renombre hubiera intervenido y expresado en su arquitectura, por lo menos, el soplo divino o la historia de Dios, tal y como está expresado —para no irnos a lo antiguo— en la iglesia de San Martín, en Acayucan.

Esta iglesia está embellecida por la pintura de Sixto Aparicio, quien plasma parte de la historia “divina” (disculpen el contrasentido: lo divino no tiene historia) según se cuenta en la Biblia. Pero en la iglesia de San José no intervino Sixto Aparicio, nuestro Leonardo da Vinci acayuqueño, mucho menos algún otro de renombre universal, por lo que dígase lo que se diga, dicen los jerarcas católicos, el templo de San José debe ser destruido para adecuarse a la exigencia de la “modernidad”, y también a la mano sin misericordia de los obreros que hoy la destruyen por obra y gracia de los Atilas que desde adentro han dado la orden.

Pero el entendimiento del concepto histórico entre la jerarquía católica que sueña con parecerse a Atila, y la concepción que defiende el grupo historiográfico de Coatzacoalcos, difiere en mucho. Los de este grupo no conciben lo histórico como sinónimo de una historia de bronce, donde una casa adquiere el status de histórico por haber un héroe o un personaje pernoctado ahí o porque un arquitecto de renombre lo haya construido dándole un sentido sublime a la construcción.

Para la Asociación Historiográfica el templo de San José es un monumento histórico, no sólo por el papel que jugó en los tiempos antiguos de la ciudad, sino por lo que implícitamente conserva no sólo en su trazo sino en la memoria de quienes convivieron desde su construcción hasta la época actual; es histórico por lo que significó cuando Puerto México no era más que un pueblo perdido del sur de Veracruz, y no la ciudad que hoy nos toca vivir y gozar, cuando la industria no llegaba, cuando el malecón no se construía, cuando se fue haciendo inmenso por las corrientes migratorias de pueblos que llegaban en oleadas para emplearse en la industria.

La iglesia de San José era el templo que acogía a los sufridos, era el centro de referencia para todo: fuera del palacio municipal, la iglesia católica, el templo de San José era el otro edificio en orden de importancia. Era el centro que servía para guarecerse de los malos espíritus, pero sobre todo porque fue hecho con el esfuerzo de aquellos ciudadanos, muchos ya difuntos, sacerdotes, incluso, que pusieron su grano de arena para conseguir los recursos económicos y edificar el templo que esa sociedad pudo construir, y el que hoy la visión moderna de la jerarquía católica destruye con el argumento de que el tempo está viejo y por lo tanto apesta; posee una construcción rústica, y ellos deben adecuarse al trazo fino; el templo así como está expresa lo antiguo, lo pedestre, lo rústico; en cambio, el templo que se construye al lado, es la barca de Noé modernizada. Pero como dijo Copérnico: Pero no es así, la tierra gira.

Todo aquel con una mediana cultura ha de saber que —desde el punto de vista de la historia— en cada edificio construido hay una memoria oculta: el material con que fue hecho, la orientación que se le imprimió, los motivos que se tuvieron para edificarlo tal y como se le observa pasados años ha. Esto es lo que pretende el núcleo de ciudadanos que forman parte de la Asociación Historiográfica y que están opuestos a la destrucción del templo de San José.

Preservar el edificio para que la memoria de su origen, del nuestro, de la sociedad de Coatzacoalcos no se pierda en la bruma de los años y se les pueda contar a la generación venidera con la muestra del edificio que albergó a esos cristianos, pioneros del Coatzacoalcos moderno, pero que hoy obcecadamente, los sacerdotes y su comité de apoyo, destruyen, y con ello parece que ostentan poseer mucho dinero, pues en qué mente cabe destruir un edificio que cubre los requisitos de habitabilidad y encierra todavía en su imagen y en su interior una historia escondida. Si por lo menos tuvieran el pretexto de las varillas corroídas, pero según se pueden ver en las partes ya destruidas, las varillas y los cimientos aguantan estos años y muchos más.

Así, pues, ¿por qué destruir a fuerza, sin argumento convincente, un edificio que forma parte indisoluble de la historia generacional del catolicísimo de aquel Puerto México antiguo? ¿Por ostentación? ¿Por modernización? Lo que ni el temblor de 1959 pudo hacer, lo ejecuta la mano de Atila, aquel legendario bárbaro que mantuvo a Europa atemorizado, porque ahí donde se aparecía ni el pasto quedaba. Algo similar ocurre hoy con el templo de San José.

El valor del edificio nos parece incalculable, no por el costo de los materiales sino porque fue hecho con el sudor y el dinero de los fieles que acudían a la parroquia en toda una cincuentena de años o más. El templo de San José está todavía en buenas condiciones, tiene un valor de uso, pero también de un valor que no se puede tasar pues fue hecho por la buena voluntad de quienes en él intervinieron. Guarda en sus muros la historia callada de toda una generación.

Pero frente a ese valor, se opone este otro: la ostentación y el orgullo vano de lucir otro edificio que dice superar en creces al viejito templo. Y aquí queda un refrán popular: “viejos los cerros y reverdecen”; viejo pero no lastimado; sencillo, pero no arrogante; en fin, hay en esta pugna dos visiones diferentes que están en juego. Los que defienden al viejo templo por formar parte del patrimonio cultural de Puerto México, hoy Coatzacoalcos, por un lado; y por otro, una jerarquía católica obcecada y dogmática en su visión de lo histórico, pero que en el fondo sólo muestra ostentación y cerrazón, pues únicamente en el pensamiento de ellos cabe destruir lo útil, lo histórico, lo que forma parte del patrimonio cultural de la ciudad.

En lugar de adecuar la nueva construcción al templo de San José, la clerecía obró en sentido contrario: primero construyeron su edificio moderno, y para que la vieja iglesia no “afeara”, decidieron destruir el viejo templo, aun cuando no existe ni razón técnica ni razón social ni histórica.

Es tan sólo la decisión del fantasma de Atila que se ha posesionado del templo, y por sus pistolas (o espadas, pues Atila no conoció las pistolas) suponen que modernizar es destruir lo viejo. A estos autoritarios de la religión habrá que recordarles que el pensamiento moderno está lleno de lo antiguo, en la filosofía, en la religión y en la ciencia.

Para entender lo moderno hay que revisar lo antiguo, pues si en esta revisión, la comprensión de esta etapa del pensamiento, lo actual se parcializa. No se trata de destruir lo viejo para que nazca lo nuevo, sino de conservar lo viejo para que de ahí florezca lo moderno. Ambos se necesitan para continuar la existencia, iluminarla y conducirla a mejores horizontes. Pero Atila no sabe más que el lenguaje de la espada, eso le exacerba los ánimos y lo obliga a desenfundar y destruir. Donde manda Atila, la razón no existe, mucho menos la palabra de Dios.

Correcto, podría decir alguno: es histórico pero no artístico. Entonces cabría preguntar qué se entiende por artístico. Un monumento es artístico en la concepción clásica cuando expresa simetría en su forma, en sus líneas; expresa un símbolo para cierto grupo o comunidad; el perfil está hecho con cierto sentido, cuya presencia le da identidad y pertenencia a la comunidad donde ese monumento se erigió. Y este sentido no se lo da exclusivamente el orfebre; también lo orienta y esculpe la comunidad para la cual fue construido, sobre todo cuando se trata de un edificio socialmente construido, como lo es el templo de San José. Al ser un edificio construido para uso del catolicismo, son los católicos y la sociedad que contribuyó a su construcción, quienes deberían opinar sobre su destrucción o su resguardo.

Pero en el caso del templo de San José no ha sucedido así. Atila es autoritario, Atila no entiende razones, Atila no es instruido, Atila no sabe de cultura, la odia; no entiende de razones, la menosprecia. Atila se ha apoderado del templo de San José y, por lo mismo, se trata no de respetar voces discordantes, sino de destruir para que el viejo templo no afee al nuevo.
Así está el problema. Ahora los feligreses y ciudadanos de esta ciudad podrán obrar con mejor razón que la que Atila haya ofrecido. ¿Se debe o no destruir el templo de San José? Atila dice que sí. ¿Usted qué opina?

Junio del 2009. Año de la Destrucción del Templo de San José.

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