Resultado de ser una sociedad apática

Es tanta ya la desconfianza que existe entre la ciudadanía que ya nadie cree en nada. Solamente queda invocar a Dios y a todos los santos para que nos protejan de cualquier asalto, secuestro, atentado, levantón o que a algún genízaro nos ponga el ojo como si fuéramos un presunto narcomenudista.

Qué tristeza da que tengamos vivir en la zozobra, en esta incertidumbre de no saber si el siguiente muerto será el vecino o alguien de la propia familia.

Pero también sería bueno que echáramos un ojo al comportamiento que hemos tenido los ciudadanos en los últimos 35 ó 40 años.

Fuimos una sociedad apática, siempre nos dejamos llevar por los calificativos que daba la televisión a quienes participaban en movimientos sociales, en marchas y plantones o a quienes recurrían a la huelga de hambre o a cualquier otro medio para presionar a la autoridad y llamar la atención a la sociedad entera.

LA TV, haciendo eco de la opinión oficial, que nada de gracia le hacen las marchas y plantones, descalificaba a los participantes y magnificaba los errores que se cometieran durante el evento.

Así, aquellos luchadores por su propia causa, estaban solos. Y no solamente eso; sino abandonados por una sociedad injusta apática y manipulada.

Se permitió el soborno, el chantaje, la mordida, el chayote, el embute. Nadie dijo nada cuando el funcionario extendía la mano para agilizar algún trámite, nadie protestó cuando nos daban kilos de 800 gramos, nadie salió a las calles a protestar por el encarecimiento de las cosas, ninguna palabra de protesta de escuchó cuando nos aumentaron los impuestos, se permitió el fraude electoral, permitimos que los diputados hicieran lo que quisieran y cobraran lo que quisieran para darse vida de príncipes, dejamos que los líderes sindicales cobraran por permitirnos trabajar, la venta de plazas se hizo algo tan común que a nadie extrañaba.

Hacemos chistes de esta tragedia nacional y nos carcajeamos de las parodias televisivas, el pan y circo para el pueblo.

Esas autoridades transformaron al pueblo de México en sumiso, agachado y cobarde.

Todo eso se fue acumulando. Y dicen que tanto va el cántaro al río…

Hoy estamos solos, como los marchistas y plantoneros aquellos que mencionamos, permitimos que la policía se aliara con los delincuentes y ya no tenemos a quien recurrir. Estamos solos y esas policías, pagadas con el dinero de todos, que nos quitan en infinidad de impuestos, en medio de su ineptitud e ineficacia, sólo tendrán que señalarnos como presuntos delincuentes para aplicarnos todo el peso de la ley.

No en vano pretendieron desarmar al pueblo con el cuento de evitar la violencia intrafamiliar.
Les quitaron rifles y pistolas para que los delincuentes pudieran hacer su chamba sin tanto riesgo.
Hoy, ya nadie confía en nadie. Cualquier persona es sospechosa, a cualquiera le endilgan el mote de “zeta” y cualquier raterillo se hace llamar “zeta”.

Y algunos todavía creen o quieren hacer creer que con marchas silenciosas y vestidos de blanco, van a ablandar las fauces de la delincuencia.

A casi cien años de haber estallado la lucha armada en México, con la idea de hacer una revolución, el país se convulsiona.

Con un presidente que ha perdido toda autoridad, con una cámara de diputados y senadores que se erigen como los únicos que pueden hacer y deshacer en México, violentando logros nacionales que están consagrados en la Carta Magna. Con políticos señalados de estar aliados con el narco tráfico, con una sociedad inmersa en la corrupción, con sindicatos propiedad de unas cuantas personas, con trabajadores sometidos y corruptos, se ve difícil que surja una fuerza capaz de liberar a este país de las garras de la indiferencia, la apatía, la inseguridad, la corrupción, del PAN, del PRI, del PRD y de las rémoras de mini partidos que sólo están cobrando sin aportar nada.

Pero habrá celebración con bombos y platillos. Los nuevos terratenientes, los nuevos hambreadores, los caciques sindicales, los maestros ignorantes, los políticos vende patrias, irán a las tumbas de los próceres mexicanos para asegurarse de que sigan ahí, bien muertos.

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